Mirador de la Cruz de Cabezuela
Situado en el límite natural entre el Valle de Polaciones y la comarca de Liébana, a más de 1.100 metros de altitud, el Mirador de la Cruz de Cabezuela es uno de los balcones más emblemáticos del territorio. Desde este punto tenemos una panorámica imponente del Macizo de Ándara (Picos de Europa). Además, en este enclave, y con Peña Labra de fondo, la escultura «El Encuentru» representa fielmente estilo de vida purriego…
Un horizonte de gigantes
Desde esta privilegiada atalaya natural, la mirada se desplaza por un imponente despliegue de la Cordillera Cantábrica. Hacia el este, el perfil quebrado de Peña Sagra, mientras que al sur se alza la majestuosa silueta de Peña Labra. Pero es al oeste, donde se abre una de las vistas más limpias del Macizo Oriental de los Picos de Europa (Ándara), permitiendo al observador interpretar con claridad la transición entre los verdes pastizales del Nansa y el relieve abrupto de Liébana en una sucesión de cumbres que conforman el corazón salvaje de Cantabria.
El Encuentru: Un pacto de caballeros en la cumbre
Presidiendo el mirador se halla «El Encuentru«, una detallada obra del escultor Salvador G. Ceballos que inmortaliza el vínculo histórico entre el habitante de Polaciones (el purriego) y el de Liébana (el lebaniego). La escena, de un gran realismo etnográfico, captura a ambos personajes con sus elementos tradicionales: las albarcas, la boina, la vara y el paraguas a la espalda.
El gesto central, un firme apretón de manos, simboliza una época donde la palabra dada y un trato sellado con honestidad eran ley, representando los valores y la nobleza de los antiguos pobladores de estas montañas.
En este punto se dividen las vertientes del Nansa y el Deva y es la puerta de acceso a Polaciones. La escultura conmemora la intensa relación comercial y humana que mantuvieron Polaciones y Liébana durante siglos. Antes de la existencia de las carreteras modernas y los desfiladeros, este paso de montaña era el nexo de unión vital para dos valles que compartían aislamiento y supervivencia. Hoy, el monumento no solo es un hito turístico imprescindible, sino un recordatorio de la identidad compartida y de un tiempo en el que estos puertos eran el escenario principal del intercambio.